LOS DISCURSOS E INTERVENCIONES DE RICARDO LAGOS E, SON DIGNOS DE GUARDAR Y ESTUDIAR POR LOS NUEVOS POLITICOS.

viernes, 15 de agosto de 2008

DISCRUSO DE LA MODERNIDAD Y POSTMODERNIDAD

DISCURSO DE LA MODERNIDAD: MI CENTRO COMO UNIVERSAL.

La modernidad se ordena a través de un centro incuestionable, que se erige en paradigma de todo acto de significar y que se proyecta en imposición logocentrista: la verdad transciende su contexto y se presenta como algo transferible. Se puede así hablar de "proponer la verdad", como señala Feijoo en su Teatro crítico universal, para añadir: "Doy el nombre de errores a todas las opiniones que contradigo". El error y la verdad en el discurso de la modernidad son algo tangibles e independientes del sujeto conocedor, o sea indiferente a su contextualización: la modernidad impone significado.

 

DISCURSO DE LA POSMODERNIDAD:

Deconstrucción de todo centro —mientras se busca el centro transcendente— con lo que se difiere su definición. La posmodernidad es la duda de la modernidad, es la perplejidad ante el descubrimiento de lo fatuo y quimérico de suponer la existencia de un centro cultural unívoco que se proyecte como referente de toda significación, pero se hace sin problematizar el concepto mismo de "centro". O sea, el blanco del proceso es la estructura, la narratividad del discurso de la modernidad, que ahora, sin el apoyo del centro transcendente que en un principio la hizo posible, se convierte en fácil blanco de una implacable crítica deconstruccionista proyectada en una orgía destructiva: la posmodernidad difiere el acto de significar, al anhelar y negar a la vez la posibilidad de un significar transcendente.

 

Discurso antrópico: definición en la transformación. La antropocidad implica una abstracción del concepto de "centro cultural" que aporta la modernidad (de todo centro que se proyecte como transcendente), para colocar en primer plano la "estructura" misma. El centro antrópico es un centro dinámico, móvil, un centro sujeto a la continua transformación propia de todo discurso axiológico. Es un centro que sólo se concibe en el proceso dinámico de su contextualización y como núcleo de constante re-codificación de dicha contextualización.

 

Del Discurso deviene la oratoria, la elocuencia y el arte de la expresión humana; todo inmerso en la estética y lógica del pensamiento; es también el arte de persuadir con la verdad, según la definición de Sócrates; el arte de descubrir esa verdad de manera intuitiva, acercarnos a ella, desnudarla y hacerla visible a los oyentes por media de una tangencia inmediata y mística, como quiere José María Pemán.

 

Fenelón, nos dice José Luis Gómez-Martínez , señalaba que el dominio del tema objeto del discurso era indispensable, y con cierta ironía fustigaba a los oradores de su tiempo indicando que algunos no hablaban porque estuvieran rellenos de verdades, sino que buscaban las verdades a medida que hablaban.

 

Sentado el dominio del tema y la nitidez de los conceptos, el orador requiere memoria feliz, observando Pulido que casi todos los afamados oradores presentan igual rasgo de semejanza en su biografía: que se distinguieron en su niñez por una memoria extraordinaria.

Imaginación y sensibilidad vivas, a fin de contagiar las ideas, las pasiones y los afectos; expresión vigorosa de unas y de otros y una dicción clara, rítmica, musical a veces, dotada de aquella melodía compuesta de inflexiones de voz y de timbres variados, necesaria para reflejar y traducir los estados diversos del espíritu.

 

Pronunciación y ademán, hasta el punto de que la declamación y el gesto del actor trágico -con la notable diferencia que existe entre aquel que recita lo ajeno y el que pronuncia lo propio -se apunta como ejemplo que el orador ni debe ni puede despreciar.

 

Cualidades de orden natural las unas; logradas con el ejercicio, la autocorrección y el estudio las otras; ni éstas sirven si aquéllas no existen, ni éstas pueden abandonarse para que crezcan y vivan en salvaje y ruda espontaneidad. Si Demóstenes era orador por naturaleza, tuvo que corregir y pulimentar defectos graves que se oponían a la externa proyección de su elocuencia. Con chinas en la boca y recitando trozos de autores notables a orillas del Pireo, combatió su tartamudez, y afeitándose la mitad de la cabeza y de la barba, para verse forzado por la vergüenza a no salir de la cueva de su casa, donde se ejercitó con voluntad muy firme en la práctica de ejercicios oratorios, logró tal dominio del arte que, durante quince años, pronunció los más grandes y bellos discursos de la humanidad, y entre los mismos las famosas «Filípicas» y la obra maestra que llamamos «La oración de Clesifonte».

 

Ahora bien, suponiendo reunidas las cualidades indicadas: ¿dónde encontraremos al orador ideal? ¿En aquel que poniendo sus discursos por escrito procure aprenderlos y fijarlos con detalle? ¿O en aquel otro que, subido a la tribuna, improvisa sobre la marcha?

 

Don Antonio Maura, en el discurso leído con ocasión de su ingreso en la Real Academia de la Lengua, aconseja que el discurso no debe en ningún caso de fijarse en la memoria; que, aun habiéndolo escrito, deben romperse las cuartillas; que nada hay semejante, a pesar de las incorrecciones del estilo, de la eufonía y de la sintaxis, a la frescura virginal de la elocuencia, al espectáculo de asistir al brote original de las palabras, y que la fijación del discurso en la memoria, aparte de exponer al orador a las quiebras y desventuras de sus faltas, lagunas y vacíos, le hace siervo en lugar de señor de su obra.

 

De otro lado, Emilio Castelar, citado por José Edmundo Clemente sugería a sus discípulos, y los alentaba con su ejemplo, que el discurso mejor es el discurso que se escribe, se aprende, se ensaya y luego se pronuncia. En esta línea, sabido es que los grandes oradores griegos y romanos sostenían que la improvisación era un atrevimiento mercenario ajeno al noble arte de la oratoria, de tal manera que Demóstenes se negó a hablar, no obstante la excitación del pueblo, cuando no conocía de memoria su discurso.

Una y otra tesis son conciliables. En efecto, cuando el orador tenga tiempo, fuerza retentiva, serenidad de ánimo y habilidad bastante para cubrir, improvisando, las lagunas inevitables de la memoria y enlazar con la hebra rota o perdida del discurso, es indiscutible que éste alcanzará el máximo de la perfección oratoria. Cuando esto no sea posible, construido el plan del discurso, que es preciso retener como un esqueleto o armazón de doctrina, puede dejarse libre a la improvisación seguro de que el pensamiento desembarazado y sin ligaduras puede confiar en la propia elocuencia y en los reflejos automáticos de la palabra.

 

En todo caso, el plan o el discurso postulan antes que nada un sondeo del auditorio, de las circunstancias que lo convocan y de la oportunidad de aquello que en esa ocasión concreta piensa exponerse. Sin variar el asunto ni variar los espectadores, la oportunidad requiere planes y métodos distintos.

 

El plan exige de su parte un encadenamiento lógico y sucesivo de las ideas, un descanso en las transiciones para afirmar el nervio del discurso y para aliviar la atención, pasando de la gravedad a la sonrisa, e iniciar suavemente el declive hacia el epílogo o la conclusión, cerrando con un broche que lo mismo puede ser síntesis que apóstrofe, pero que en todo caso requiere la frase y el gesto propicios para que el auditorio, al disolverse, continúe meditando y resuelto.

 

Sabemos ya lo que es la oratoria; la hemos catalogado en la esfera del arte y de la literatura. Hemos definido al orador, hemos señalado sus cualidades e incluso acabamos de discutir la conveniencia o inconveniencia de que, trazado un plan o esquema de doctrina, se aprenda el discurso fijándolo por escrito o se entregue al soplo de la improvisación al pronunciarlo.

 

Hay un estilo propio del discurso, como hay un estilo propio de la tragedia. De aquí que, a pesar de que sin representación no hay obra dramática, la mayor parte de las obras dramáticas son juzgadas por la simple lectura. El Discurso es, sin lugar a dudas, el instrumento fundamental para entender el lugar que los hombres ocupan en el universo

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